domingo, 1 de junio de 2014

La Caza de Brujas



«Hágase saber que todos aquellos a quienes por lo común se llama hechiceros, y también los diestros en el arte de la adivinación, incurren en delito penado por la muerte […] Es ilegal que cualquier hombre practique la adivinación; si así lo hace, su recompensa, será la muerte por la espada del verdugo. También existen otros que con encantamientos mágicos procuran quitar la vida a personas inocentes, […] estos criminales deben ser arrojados a los anímales salvajes. Y la ley permite que cualquier testigo sea admitido como probatorio contra ellos….Y se permite el mismo procedimiento en una acusación de herejía.  […] Porque la brujería es alta traición contra la Majestad de Dios […] Y deben ser sometidos a tortura para hacerlos confesar. Cualquier persona, fuese cual fuere su rango o profesión, puede ser torturada ante una acusación de esa clase, y quien sea hallado culpable, aunque confiese su delito, será puesto en el potro, y sufrirá todos los otros tormentos dispuestos por la ley, a fin de que sea castigado en forma proporcional a sus ofensas»

(Summa sobre el Libro 9 del Códice, palabras de Godofredo de Fontafnes)
 Referencia sacada del Malleus Malleficarum, o Martillo de Brujos

La obsesión por las brujas dominó Europa durante más de un siglo. Desde finales del s.XV hasta finales del XVII (y posteriormente en algunos países) fue un fenómeno largo, complejo y aterrador. Desde Lisboa hasta los Urales y desde las zonas del Sur hasta los Países Escandinavos, la histeria y el furor colectivo se extendieron como la peste. El resultado: más de cien mil ejecutados…unas cifras que superaron incluso a las bajas causadas por las Guerras de Religión en Francia.
Pero ¿Quiénes fueron los jueces? Y ¿Quiénes las víctimas? Existe una leyenda negra que persigue al Santo Oficio y a la Europa Mediterránea, como principales instigadoras de estos movimientos. Pero el área donde más incidencias de este tipo tuvieron lugar fue, al contrario de lo que muchos piensan, Europa Central.
Justamente, donde no había Inquisición.

Este Tribunal no se dedicaba a la persecución de la brujería en sí misma, sino a la supervisión de la pureza de la fe. Por lo que si no se incurría en delito de herejía, el asunto de brujería no era competencia del Santo Oficio, sino de los tribunales civiles.
Gracias a los textos de Caro Baroja, conocemos algunos  de los casos de hechicería tratados en el tribunal de Toledo. Si el acusado no mostraba indicios de herejía, se aplicaban penas de poca importancia, pues sus prácticas se consideraban como simples supersticiones. Ejemplos similares pueden encontrarse en Italia, centro religioso del catolicismo por excelencia.

Las cifras y datos aportados por Brian Levack, uno de los mejores investigadores en el terreno de la caza de brujas en época moderna, iluminan claramente este oscuro pasaje de la historia.
Alemania sufrió mucho durante el furor, pues allí donde proliferaban las tensiones entre distintas facciones nobiliarias o pequeños ducados o condados, era donde se producían más denuncias ante los tribunales. Como siempre, las envidias y los conflictos personales fueron los detonantes de la situación.
Sin embargo, esto solo constituyó el principio de una «moda» que acabó en masacre.
¿Cuándo se convirtieron las brujas en un problema para el Santo Oficio?
En el caso español y francés, el peligro de la bruja consistía en una estrecha relación con el diablo  y su asociación a  sectas o anti iglesias. La celebración de misas negras sí hacía necesaria la intervención inquisitorial.
Hay que decir que tampoco existía un solo tipo de bruja. Estas podían ser de pueblo o de ciudad. Las segundas, no se consideraban marginadas sociales, sino que estaban integradas en la sociedad. La gente acudía a ellas buscando filtros de amor y productos similares. Eran normalmente mujeres jóvenes, ligadas al ámbito de la prostitución. Las brujas rurales gozaban de peor consideración y estaban más asociadas a la curandería, uso de plantas medicinales o la muerte de ganado y la destrucción de cosechas. Solían ser ancianas seniles, viudas o jóvenes inmigrantes.

Entre las malas artes más comunes, se encontraban además de las anteriormente mencionadas, el asesinato de personas mediante maleficios, maldiciones o levantamiento de figuras, la propagación de enfermedades, agriar la leche, estropear la cerveza, incendios, robos, inducción a la maldad…
En cuanto a los brujos varones, sobre todo en las regiones norteñas, se puede decir que eran contratados habitualmente para realizar encargos. Y no resultaba extraño que los contratantes fueran dos individuos enfrentados, que solicitaban los servicios del mismo brujo. En estas ocasiones, si nadie se iba de la lengua, el hechicero podía hacer «su Agosto» con las transacciones.

En lo referente a las condenas, es necesario recordar que no a todas se las quemaba. Es bien conocido el caso de las brujas de Zugarramurdi. De dos mil personas, varias murieron encarceladas, once ajusticiadas, y solo unas pocas fueron quemadas. En determinadas circunstancias, en las que se habían producido agravantes, conducían al acusado/a por las calles, y se informaba a la multitud de los hechos. Después se azotaba a la víctima como un castigo de infamia (a veces se producían mutilaciones). Otras veces, se procedía a la reclusión en un convento.
Pero los miembros de la Santa Inquisición no solían tomar por ciertas todas las acusaciones que llegaban a sus oídos. Por lo general, al menos en países como España, enfocaban estos asuntos con actitud crítica. Más crítica que cualquier tribunal civil, donde la gente decidía de forma claramente arbitraria y parcial.
La pura verdad era que en nuestro país, ni si quiera los propios inquisidores creían en la hechicería. Achacaban simplemente a la locura o al miedo, la actuación de muchos hombres y mujeres acusados de ser brujos y precisamente por esta incredulidad, los propios italianos en pleno siglo XVI (y reinando Felipe II)  llegaron a decir que los españoles eran unos auténticos herejes.

El positivismo de la inquisición española, se encarnó en la figura de un hombre, un sacerdote burgalés miembro de la Suprema, quien no tardó en recibir el apodo de El Defensor de Brujas: Alonso de Salazar y Frías. Su fama traspasó los pirineos, y su escepticismo tuvo un gran impacto en la sociedad.
Otros ministros se sentían ultrajados, debido a su influencia y a la confianza que depositaba en él el Inquisidor General. Pero finalmente se hizo lo que él pedía: se cambiaron las instrucciones sobre el procedimiento a seguir en los casos de brujería, pues debido a las anteriores, se habían cometido tremendas injusticias. Y no solo eso, sino que el Malleus Maleficarum fue desacreditado, ya que se basaba en leyendas sin fundamento.

Poco a poco la cordura fue llegando lenta pero progresivamente a los países europeos y la histeria fue disminuyendo de forma paulatina.

Y para terminar con un tema tan extenso y sobre el que queda tanto por decir, solo haré un pequeño apunte sobre las sectas satánicas de la actualidad. No cabe duda de que existen y que sean cuales sean sus creencias, sus acciones hablan por sí solas.
Asesinatos sangrientos, mujeres embarazadas destripadas, niños pequeños mutilados…quizá nuestros antepasados no siempre estuvieron equivocados, pues esta clase de individuos no difieren mucho de otros que vivieron en el siglo XVI.

No obstante, cinco siglos más tarde, con nuevas leyes y nuevas tecnologías, por fin somos capaces de detener o encarcelar a los verdaderos culpables.
Tal y como dijo Ramón Llull, filósofo del siglo XIII, la justicia te proporcionará paz y también trabajos.  


Y desde luego, aún tenemos mucho trabajo por delante…

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