viernes, 27 de junio de 2014

Perenelle Flamel, la otra alquimista



A estas alturas del siglo XXI, en plena Era de la Información, a muy poca gente le resultarán desconocidas las historias que circulan sobre la Piedra Filosofal o Nicolás Flamel, el famoso alquimista del siglo XIV. Pero, como suele ocurrir en la Edad Media, las mujeres y sus hazañas quedan muy por debajo de su verdadero nivel y en ocasiones sus acciones desaparecen, eclipsadas por las de sus esposos, padres o hijos varones.

Es por ello que me gustaría resaltar algunos detalles sobre la vida de una mujer: Perenelle Flamel. Fue una persona adelantada a su tiempo, que compartió sus alegrías, sus penas y por supuesto su esfuerzo intelectual, con su marido.

Sin embargo, es poco lo que sabemos sobre ella, pues no hay documentos históricos fiables al respecto. De la información disponible, cabe suponer que tuvo dos maridos antes de contraer nupcias con Nicolás. Esos matrimonios engrosaron su fortuna personal, la cual, según la leyenda, fue utilizada para sufragar sus nuevos proyectos e investigaciones.

No existen pruebas, tampoco, de que ella y su marido fueran alquimistas, pero los rumores tuvieron una fuerza inusitada y eso indica que quizás no se trataba de simples habladurías. Tanto Perenelle como Nicolás eran cristianos católicos y practicantes, y eran conocidos por sus amplias donaciones a la Iglesia. Esto pudo mitigar su consideración de alquimistas, aunque en estos momentos aún no se trataba de un oficio denostado por la comunidad eclesiástica debido a sus constantes usos en el terreno bélico.

Es cierto, así mismo, que la reputación de ambos como alquimistas se remonta a la creación de un libro del siglo XVII titulado Book of Hieroglyphicall Figures. Esto, añadido al rumor de que sus tumbas estaban vacías, no hizo otra cosa que aumentar las sospechas sobre su condición de inmortales, lo que llevaba irremediablemente a la conclusión de que habían logrado fabricar la famosa Piedra Filosofal y que, en consecuencia, se habían procurado una nueva identidad para pasar desapercibidos en el futuro.

En realidad,  Nicolás era escribano público, copista y librero. Aunque ya de por sí, eso lo situaba en un puesto privilegiado a la hora de encontrar textos poco conocidos y ser capaz de interpretarlos. Él y su mujer eran burgueses adinerados, con conocimientos lingüísticos y una amplia red de contactos.

 De modo que este pintoresco matrimonio reunía todos los factores necesarios para convertirse en una perfecta pareja de alquimistas. 
Pero todos los inicios son difíciles y nada habría sido posible sin la adquisición de un misterioso libro: El de Abraham el Judío.  El manuscrito comenzaba de la siguiente manera: 
«Abraham el Judío, príncipe, sacerdote, levita, astrólogo y filósofo, a la nación judía…» 
En dicho libro, el autor explicaba cómo transmutar distintos metales en oro, con la finalidad de ayudar a su pueblo a pagar tributos entre otra serie de menesteres de índole económica.
Nicolás Flamel, describe las crípticas imágenes que pueblan las páginas del ejemplar y en su obra titulada El libro de las figuras Jeroglíficas—el cual tomaremos como una copia del original, escrita a posteriori— sostiene que le enseñó el libro a Perenelle, quien accedió a ayudarle a descifrar su contenido, pues compartía el entusiasmo de su marido.
No obstante, habrían sido incapaces de llevar a cabo los pertinentes avances, si no hubieran contado con la inestimable colaboración de un médico, el maestro Canches, que tenía ciertos conocimientos sobre lo que podríamos llamar «semiótica visual alquímica» que, en cristiano, viene a ser la interpretación de las imágenes y símbolos presentados, que no pueden ser descodificados por los no iniciados en la materia.
Todo parecía marchar como la seda, hasta que acaeció un trágico acontecimiento: el maestro Canches murió antes de llegar a París.
Afortunadamente, Dios aprieta pero no ahoga y la información recibida fue suficiente para que nuestros protagonistas lograran transmutar metales viles en oro. Un trabajo en el que tanto Perenelle como su marido trabajaron codo con codo.
La fórmula  fue dibujada en el arco de un cementerio de San Inocencio (obviamente, encriptada mediante jeroglíficos) y si alguien la ha encontrado, está claro que no ha soltado prenda. No vaya a ser que se produzca una inflación si se lo cuenta a más de uno y hombre, como que tirar tanto trabajo duro por la borda no es plato de gusto para nadie.

Por lo que, en consecuencia, el común de los mortales tendremos que seguir sufriendo la tiranía de la Bolsa y vigilando los altibajos del Euribor. C’est la vie….

No hay comentarios:

Publicar un comentario