domingo, 23 de noviembre de 2014

Vampiros, Íncubos y Súcubos.



“No hay vida en este cuerpo. Yo no soy nada, sin vida, sin alma, odiado y temido, estoy muerto para todo el mundo. Escúchame, yo soy el monstruo al que los hombres vivos matarían. Yo soy Drácula.”
Gary Oldman. Conde Drákula.

Entre lo antiguo y lo moderno, entre el temor y el interés, entre el dolor y el placer…vampiros. Criaturas magnéticas y terroríficas donde las haya.  La curiosidad que han despertado en los humanos se remonta a varios milenios antes de Cristo. Pero ¿cómo eran antes de la publicación de la famosa obra de Bram Stoker? Desde luego, no se parecían en nada esos entes pasionales y hermosos que tan de moda están en el cine, los libros y la pequeña pantalla de hoy en día.

Hace cuatro mil años, se asemejaban más a demonios, a seres dominados por sus instintos primarios que no albergaban apenas sentimientos ni remordimientos. Solo una irrefrenable ansia de sangre. Quizás un reflejo de la sociedad violenta que les tocó vivir a nuestros antepasados. Pues aquellos eran tiempos duros…dificilísimos. No había apenas espacio para el idealismo o la búsqueda de la felicidad. La vida era breve y estaba repleta de sinsabores y desgracias. Solo los grandes, ricos y poderosos podían disfrutar de una existencia «digna» en términos generales.
Ganar el pan diario era la única preocupación de la mayoría y si eso ya era complicado en circunstancias normales, las guerras o las epidemias hicieron de esta tarea una misión casi imposible para muchos…a menos que cruzaran la línea y recurrieran al canibalismo. El vampirismo y el canibalismo comparten muchas similitudes. La gente que es capaz de alimentarse de la carne de sus congéneres, está más cerca de ser un animal que una persona. Este lado oscuro de la humanidad derivó en una criatura física, extendida casi por todos los rincones del mundo. El Vampiro, que varía entre regiones y culturas pero que, en esencia, tampoco cambia en exceso.
Entre culturas orientales o americanas figura más como un dios que como una simple criatura demoniaca. Tal es el caso de la vampiresa Akhasa, en Egipto, el Dios de la Sangre Mexicano  Hutzilopochtli o la Lilith babilónica. También resultan interesantes los Ahharu asirios y los Hantu Penyardin del Himalaya. La segunda acepción era más común en Europa, donde el vampiro de origen eslavo protagonizaba la mayor parte de las historias. El término se popularizó allá por el siglo XVIII y procede del indoeuropeo «oper» que hacía referencia a seres voladores, bebedores de sangre y a lobos.
Obviando el ámbito zoológico  y médico de la cuestión (que daría para varios libros), me centraré principalmente en el folclore mitológico, por considerarlo de interés más generalizado.
Sobre las costumbres y características más comunes del vampiro, podríamos citar las siguientes:
Se trata de una especie de «muerto viviente» que vive en féretros o lugares oscuros, como criptas o cuevas, y que solo abandona su escondite por las noches para cazar a humanos indefensos y beberse su sangre. Posee dos colmillos de gran tamaño, de los que se sirve para atravesar el cuello de sus víctimas y una belleza sobrenatural que facilita la tarea de atraer a sus potenciales presas. En otras versiones, en realidad son feos de cuidado, lo cual me parece más lógico teniendo en cuenta su reiterada comparación con cadáveres y murciélagos.
Debido a su condición de no-muerto, es inmortal y posee una fuerza y una velocidad poco comunes.
El sol les quema la piel y solo pueden ser destruidos si se les clava una estaca de madera en el pecho o si se despega la cabeza de sus hombros y se queman sus restos en piras separadas.
En épocas más antiguas existían otras costumbres «preventivas» como introducir dientes de ajo o limones en algún orificio corporal del difunto. Los crucifijos también tenían fama de ser instrumentos efectivos.
En Bulgaria atornillaban cadáveres con barras de hierro, para evitar que regresaran como vampiros. Sorprendentemente, en Wikipedia sostienen que esta práctica sobrevivió hasta el siglo XX.

Estos y otros muchos métodos figuran como técnicas útiles para evitar la transformación o detener a un vampiro y existen cientos de historias similares en épocas y lugares muy alejados entre sí.
De la misma forma, también son habituales las confusiones entre seres (¿Y cuándo no?) de manera que se asimilan a otras entidades capaces de debilitar o succionar la fuerza vital de un humano hasta destruirlo o convertirlo en su igual. En esta sección entrarían íncubos, súcubos y demonios de clases diversas. Incubo significaba «pesadilla». 
Los íncubos y los súcubos (masculinos y femeninos respectivamente) mantienen relaciones sexuales con las víctimas, de forma que succionan su energía vital y los conducen a la desesperación y al suicidio.  Algunos ejemplos serían Alouqua o Empusa, entre otros muchos. El fruto de las relaciones de un humano y súcubo/íncubo, daba como resultado un niño aparentemente normal que, no obstante, poseía habilidades mágicas. Tal fue el caso de Merlín, según las leyendas artúricas.
Cementerio de vampiros Celakovice (4)Para finalizar con el tema, me gustaría sacar a colación un hecho curioso. En la República Checa, en la ciudad de Celákovice, existe un cementerio de vampiros. Allí se pueden encontrar más de quince tumbas de aquellos que en su momento fueron acusados de practicar el vampirismo.

Si acertaron o no con su veredicto…es otra historia.

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