viernes, 10 de abril de 2015

Especial: La Atlántida, el continente perdido (Parte 1)


Es absolutamente imposible demostrarlo todo.
Aristóteles (384 a.C.-322 a.C.)

Todo comenzó con un hombre. Un filósofo ateniense llamado Aristocles, miembro de una familia  aristocrática. Apodado Platón por su profesor de gimnasia (el que tiene anchas espaldas), fue discípulo de Sócrates y más adelante fundador de la Academia. Platón tuvo una vida movidita, por no decir otra cosa. No solo fue una persona de múltiples intereses y aptitudes físicas notables, sino que también participó en la Guerra del Peloponeso y la de Corinto y en determinada ocasión fue incluso vendido como esclavo. Para los interesados en el asunto, les resultará interesante el episodio de su viaje a Siracusa, del que no salió bien parado.

Afortunadamente, Platón fue  rescatado por uno de sus discípulos y regresó a Atenas, donde compró una finca y creó la famosa Academia, que seguiría siendo célebre en años venideros.
En sus obras trató temas diversos, entre ellos distintas preocupaciones éticas, políticas, religiosas, su Teoría de las Ideas, cuestiones sobre medicina y naturaleza etc.
Y es en sus diálogos del Timeo y Critias donde menciona el mito de la Atlántida por primera vez.
En concreto, las palabras que han empujado a cientos de científicos, historiadores, excéntricos y curiosos a buscar un enclave real para ese famoso continente, fueron las siguientes:

«En efecto, nuestros escritos refieren cómo vuestra ciudad detuvo en una ocasión la marcha insolente de un gran imperio, que avanzaba del exterior, desde el Océano Atlántico, sobre toda Europa y Asia. En aquella época, se podía atravesar aquel océano dado que había una isla delante de la desembocadura que vosotros, así decís, llamáis columnas de Heracles. Esta isla era mayor que Libia y Asia juntas y de ella los de entonces podían pasar a las otras islas y de las islas a toda la tierra firme que se encontraba frente a ellas. En dicha isla, Atlántida, había surgido una confederación de reyes grande y maravillosa que gobernaba sobre ella, y muchas otras islas, así como partes de la tierra firme. En este continente, dominaban también los pueblos de Libia, hasta Egipto, y Europa hasta Tirrenia. Toda esta potencia unida intentó una vez esclavizar en un ataque a toda vuestra región, la nuestra y el interior de la desembocadura. Entonces, Solón, el poderío de vuestra ciudad se hizo famoso entre todos los hombres por su excelencia y fuerza, pues superó a todos en valentía y en artes guerreras, condujo en un momento de la lucha a los griegos, luego se vio obligada a combatir sola cuando los otros se separaron, corrió los peligros más extremos y dominó a los que nos atacaban. Alcanzó así una gran victoria e impidió que los que todavía no habían sido esclavizados lo fueran y al resto, cuantos habitábamos más acá de los confines heráclidas, nos liberó generosamente. 
Posteriormente, tras un violento terremoto y un diluvio extraordinario, en un día y una noche terribles, la clase guerrera vuestra se hundió toda a la vez bajo la tierra y la isla de Atlántida desapareció de la misma manera, hundiéndose en el mar. Por ello, aún ahora el océano es allí intransitable e inescrutable, porque lo impide la arcilla que produjo la isla asentada en ese lugar y que se encuentra a muy poca profundidad.»

En el libro Acercamiento a la Atlántida y a otras supuestas civilizaciones desaparecidas. Se analizan de forma magistral todas las variables, no solo de la Atlántida, sino también de otros lugares legendarios como Hiperbórea o Lemuria.
Entre sus aportaciones se encuentran las opiniones de geógrafos y naturalistas de la antigüedad sobre la situación de las islas que una vez conformaron el imperio Atlante. Algunos ejemplos serían los siguientes:

Diodoro Sículo, en el siglo I a.C. situó la Atlántida en África Occidental, a orillas del desaparecido lago Tritónida; un territorio que ahora ocupa el desierto del Sahara. Por otra parte, Hannón, creía que la ciudad de Cerné, también en África, era un resto de lo que fue el imperio Atlante.
Estrabón, Plinio, Piteas y otros, no solo especularon sobre la situación sino que, además, comenzaron a dudar sobre la extensión real y pasaron de buscar un grupo de islas a buscar una isla en concreto.

Otro de los aspectos que también se ha puesto en duda, ha sido la cronología, la cual varía dependiendo del investigador de turno, entre una posible equivocación, un cómputo simbólico que en realidad encubre una cantidad de tiempo aún mayor, (un ejemplo sería la equivalencia de cada año a un lustro) lo que daría cifras de una antigüedad superior a cincuenta mil años. Otros creían que Sanchoniatón se refería a años bisiestos. En ese caso hablaríamos de treinta y seis mil años. En este punto, sin embargo, la aportación más ingeniosa es la del erudito Cieza de León, del s.XVI, que decía que el calendario utilizado era lunar, y no solar, lo que a efectos prácticos es mucho más acertado, ya que se corresponde con una de las mediciones del tiempo habituales entre los egipcios, que a la sazón, eran tres: el calendario popular, el sacerdotal y el faraónico.

Según otras fuentes, es la naturaleza filosófica del mito lo que debería interesarnos y no la ubicación real de la Atlántida.  En Las enseñanzas secretas de todos los Tiempos se explica en líneas generales esta teoría, reforzada por la presunta confesión de Aristóteles, discípulo de Platón, que estaba convencido de que esa historia era solo un mito inventado por su profesor.
De modo que si el mito solo lo entendían unos pocos iniciados y estaba en clave filosófica,  Platón lo único que hizo fue transmitir esas enseñanzas de forma codificada. Esto se apoya en las teorías de Orígenes, Porfirio, Proclo, Jámblico y Siriano, con diversas opiniones al respecto. Su explicación de dicho contenido sería la que sigue: La Atlántida simbolizaba la triple naturaleza del Universo y del Cuerpo humano. Los diez reyes son los números que nacen como cinco pares opuestos, lo que se conoce en la doctrina pitagórica como los puntos de la Tetractys, lo que puede consultarse con más detenimiento en los textos de Teón de Esmirna.
Como ya sabrán aquellos que hayan leído algo sobre la biografía de Platón, este siempre mantuvo buenas relaciones con los pitagóricos y hay numerosas referencias o influencias de los mismos en sus obras.

A esta elegante explicación habría que añadir un hecho bastante desmoralizante. Y es que los sacerdotes de Sais, si bien tenían fama de sabios, también eran muy bromistas (se sabe que a Heródoto le mintieron deliberadamente sobre el laberinto del lago Moeris y sobre la factura de la gran Pirámide) y cabe la posibilidad de que Solón también fuera víctima de una tomadura de pelo.
Todo esto, unido a los problemas derivados de la propia traducción de los textos, y por ende, a la variable localización geográfica que aparece señalada en los mismos, no hace otra cosa que minar la credibilidad del propio mito. Por lo tanto, y teniendo en cuenta estas dificultades, el margen de actuación reservado a la Arqueología en lo que se refiere a este tema, es muy limitado y sólo se puede aplicar, no a la Atlántida en sí, sino a las Atlántidas. Entendiendo como tales, los territorios sumergidos que se han descubierto en distintas exploraciones y excavaciones, y que presentan ciertos paralelismos con el mito.

Obviando la agotadora discusión sobre dónde están las Columnas de Heracles (que hay muchas posibles opciones distribuidas entre el Mediterráneo y el Atlántico) hay una serie de candidatas que cumplen mejor o peor con los requisitos para ser consideradas hipotéticas Atlántidas:

Hemos de comenzar, por lo tanto, explicando las investigaciones llevadas a cabo en Bimini, El distrito más occidental de las Bahamas (continuación en parte 2)

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