domingo, 22 de noviembre de 2015

Las Cruzadas




En unos tiempos tan convulsos como los actuales, en los que el tema de la Guerra Santa devora los noticieros y las redes sociales, no viene mal de vez en cuando mirar hacia atrás y analizar hechos que, si bien ocurrieron hace siglos, siguen teniendo trascendencia e impacto mediático a día de hoy. Un impacto sesgado y alejado del verdadero origen del conflicto, y que  es utilizado para justificar diferentes ideologías con muy poco acierto.
Mucha gente piensa que las Cruzadas tuvieron una motivación principalmente religiosa y que se hizo por motivos ultraterrenos. Las razones, sin embargo, ya desde sus inicios distaban mucho de ser tan espirituales.


Para comprender la dimensión de un episodio tan turbulento de nuestra historia, o más bien de la historia de Europa, es necesario retroceder hasta el siglo XI. Nuestro continente estaba siendo masacrado por sus propios gobernantes. Los señores feudales se alzaban en continuas disputas y las cosechas eran destruidas una y otra vez durante las reyertas internas de los nobles.

Era una situación insostenible, que mantenía a los habitantes en un constante sinvivir. Y no hace falta ser muy avispado para deducir, que si las cosechas no iban bien, los impuestos se resentían profundamente. La Iglesia, que podía considerarse un terrateniente más en estos momentos, veía cómo esta inestabilidad llevaba a la ruina lugares que podían ser prósperos y tranquilos. Y ante semejante situación, propusieron la solución que creyeron más conveniente.
Idearon la forma de sacar a estos señores feudales tan violentos de su patria, y los enviaron lejos, llevando  la guerra a un lugar donde no saliera perjudicada la población local. De no ser por esta decisión, probablemente en la actualidad nunca habríamos podido disfrutar de lo que hoy llamamos Estados Modernos, por mucho que cueste reconocerlo.
Y el Papa Urbano II, como buen estratega que era, mató dos pájaros de un tiro con su decisión. Por un lado, frenaba un panorama de guerra endémico que casi aspiraba a eterno, y por otro lado, como no podía ser de otra forma, miraba por la salud de su bolsillo. En resumidas cuentas, halló la receta ideal para «hacer el Agosto». Pero no podía hacerlo sin una excusa convincente.  Una excusa que llegó en 1095.

 Alexius I, cabeza de la Iglesia Ortodoxa Griega y emperador de la legendaria Bizancio, le envió una carta al Papa de Roma en la que le pedía ayuda para luchar contra los invasores musulmanes, que en esa zona concretamente, eran los poderosos Turcos Selyúcidas.
Estos estaban ganando terreno muy rápido y se habían convertido en una verdadera amenaza para la capital bizantina, Constantinopla (la actual Estambul); inciso necesario para recordar quien acabó tomando la antigua y floreciente Bizancio,  que fue en su momento de gloria, descendiente del Imperio Romano de Oriente.
Regresando al tema, el gran momento de Urbano II había llegado. Esa era su gran oportunidad para llevar a cabo sus planes. El «milagro» había ocurrido. Y digo milagro porque las relaciones entre ambas Iglesias no solían ser muy cordiales. Para Alexius I no debió ser fácil suplicar la ayuda del Papa de Roma, y eso indica que la situación lo había desbordado.

Urbano dio un discurso en la ciudad de Clermont, y animó a la gente a marchar hacia Oriente, donde no solo podrían purificar sus almas (puesto que le hacían un gran favor a la Iglesia) sino que además podrían conseguir grandes riquezas y obtener posiciones más deseables.
Para los dirigentes eclesiásticos, el beneficio estaba claro. Recuperarían territorios perdidos que eran muy boyantes económicamente y de paso se quitaban de en medio a todos esos nobles problemáticos que les amargaban la existencia en sus propias casas. Al mismo tiempo, además, alejarían a los infieles. Era un negocio redondo.
El discurso funcionó la mar de bien…quizá demasiado bien. La voz se corrió tan deprisa entre la población (tanto pobres como ricos) que Alexius, en lugar de recibir los 300 mercenarios que había pedido, vio horrorizado como una marabunta compuesta de sesenta mil hombres llegaba hasta las puertas de la ciudad.

Miles de individuos armados, hambrientos de riquezas. Y ante esta situación uno se pregunta «¿Quién necesita enemigos con amigos como estos?».
Puesto que no podía dejarlos fuera (más por miedo a lo que pudiera ocurrir si no les dejaba entrar que por bondad cristiana), dejó pasar a los líderes de ese descomunal ejército: A Godofredo de Bouillon, a su hermano Balduino, conde de Bolonia y a Bohemundo de Tarento, entre otros.


Les pidió que le juraran fidelidad y le ayudaran a recuperar territorios para su Iglesia (que no para Roma), a cambio de comida y alojamiento. Los nobles de la época iban a lo que iban, y solían ser bastante chaqueteros en lo tocante a sus lealtades. Necesitaban alimento y dinero. El Papa de Roma estaba lejos y la fe no iba a calmar su hambre. Aceptaron la oferta y siguieron adelante.
Acordados los términos del pacto y junto con algunos bizantinos más, partieron de Constantinopla y en mayo del año 1097 llegaron a Nicaea, que se hallaba gobernada por el sultán Kilij Arslan.
En Julio finalmente, un grupo de bizantinos logró convencer al sultán para que se rindiera por la vía pacífica, y este les entregó la ciudad.

Sin embargo, no iba a dejar que los cruzados recuperaran Nicaea sin oponer resistencia, y con la ayuda de 50 mil hombres, los emboscó en Dorilea.
El resultado de la batalla,  en cambio, no fue favorable al ejército musulmán, y los cruzados obtuvieron una victoria aplastante.
Reanudaron la marcha y, poco después, murió la esposa de Balduino. Esto provocó un cambio importante en el devenir de los acontecimientos. Como se suele decir, a veces lo que Dios da con una mano, lo quita con la otra. Y el noble se vio obligado a buscar una segunda fuente de ingresos (puesto que al disolverse el matrimonio, la riqueza que este le proporcionaba pasaba automáticamente a manos de sus familiares políticos). En consecuencia, a Balduino no se le ocurrió mejor solución que tomar la ciudad más cercana para resarcirse: Edhesa.

Una ciudad que, a la sazón no era musulmana, sino cristiana. Factor que no supuso un problema para este ambicioso personaje. Balduino, una vez más, se pasó sus convicciones religiosas (si es que las tenía) por el arco del triunfo. Asesinó al gobernador de la ciudad y la tomó.
Vino, comida, mujeres…el festejo no se hizo esperar. Y los demás nobles no dudaron en seguir la dinámica de Balduino. Si a él le había funcionado ¿por qué no a ellos?
De manera que otra parte del ejército, comandada por Bohemundo de Tarento, puso rumbo hacia Antioquía. La joya de oriente. El lugar donde según los cristianos, San Padro había fundado su primera Iglesia y que estaba bien situada estratégicamente junto a Siria y Jerusalén.

Bohemundo inició el asedio de Antioquía. El líder de la ciudad, Yaghi-Siyan, también se resistió, y defendió la ciudad durante 8 meses.  Los Cruzados no las tenían todas consigo, pues  no contaban con suficientes efectivos para rodear la ciudad y no se puede decir que los suministros disponibles fueran abundantes. Además, habían sido atacados por dos ejércitos externos de apoyo, lo que había minado la moral de muchos. No hay que olvidar que entre esos soldados que apoyaban las iniciativas de los nobles había mucha gente común que se había enrolado para hacer fortuna, no para morir en tierras lejanas. La cultura de mucha gente de a pie no incluía conocimientos geográficos, y muchos ni si quiera sabían dónde estaba Jerusalén, ni cuanto se tardaba en llegar. Es más, ellos mismos se consideraban peregrinos. Solo fueron llamados cruzados un siglo después.
El gobernador musulmán, temiendo una rebelión interna por parte de cristianos ortodoxos y de algunos armenios que vivían en la ciudad, los expulsó. Encarceló al patriarca ortodoxo de la ciudad y para reforzar su mensaje, convirtió la catedral de San Pedro en un establo.

Hostigó a los cruzados con fiereza, consciente de que ya existían divisiones internas entre los nobles, que se peleaban por el mando de la ciudad.
Tras numerosas batallas, Bohemundo de Tarento se enteró de que el gobernador había pedido refuerzos y resolvió cambiar de táctica, pues no les quedaba mucho tiempo. Gracias a un traidor armenio, consiguieron entrar en la ciudad. Aniquilaron a todo bicho viviente y se apoderaron de Antioquía. Una vez dentro, llegaron los refuerzos musulmanes y tuvieron que hacer frente a un asedio, esta vez desde el interior.
Motivados por el hallazgo de una reliquia sagrada, vencieron una vez más al enemigo.
Pero los problemas no habían hecho más que empezar.

Aprovechando la deserción de los soldados bizantinos, Bohemundo canceló el trato que había hecho con el líder de la Iglesia ortodoxa y se quedó con la ciudad, algo que ya planeaba desde el principio. Eso no gustó a otros nobles, que ansiaban el mismo premio, y la situación quedó en tablas.
Una epidemia de tifus, muerte de caballos y hombres, unida a una creciente sensación entre los soldados de bajo rango de que habían olvidado el ideal de cruzada (al parecer la aparición de la reliquia removió la conciencia de algunos) y la escasa participación de los campesinos musulmanes, que no les ayudaban a aprovisionarse, obligó a Bohemundo a ponerse en marcha de nuevo.
Un par de días más tarde llegaron a la ciudad de Ma’arrat. Y nadie les dijo que ese lugar se convertiría en escenario de uno de los episodios más brutales y repugnantes de toda la expedición.

Después del asedio, si a los cruzados les quedó algo de dignidad humana es un misterio, y no solo por la evidente carnicería (algo habitual en las maneras de la época) sino por lo que aconteció más adelante: Cuando descubrieron que ya no quedaba comida. Después de matar y devorar a todos los animales, el hambre los llevó a cometer la que era considerada como la mayor barbaridad para un cristiano: el canibalismo. Encerraron a las mujeres y a los niños que aún quedaban con vida. Los pasaron a cuchillo, los asaron y los sirvieron en espetones.  Los historiadores europeos dicen que fue un acto de desesperación. Lo musulmanes, en cambio, lo consideran una mera estrategia para desmoralizar a sus enemigos.


Lo cierto es, que tras aquella acción imperdonable, no les quedaba otra opción para salvar su alma que llegar a Tierra Santa.
En 1099 llegaron a su destino solo trece mil soldados. Pero no se rindieron. Después de varios intentos, derribaron una parte de la muralla. La llegada inesperada de una  milicia privada de Génova (que fue empujada por un grupo fatimí hasta la ciudad, sin tener conocimiento de lo que ocurría) contribuyó al éxito de los cruzados.
Muchos aficionados al esoterismo aseguraron que la aparición de torres de asedio fue un hecho paranormal, puesto que por allí no había árboles suficientes para llevar a cabo esa acción. Por lo que cabe preguntarse ¿de dónde salió esa madera? ¿Fue obra divina? ¿Alienígena?
Pues va a ser que no. Los genoveses tomaron la resolución de desmantelar la madera de sus barcos y fabricaron torres de asedio con ellas. Nada del otro mundo.

Al margen de esto, sin embargo,  el éxito de la operación se debió a múltiples factores. Por una parte, a que ya había dos facciones musulmanas disputándose el gobierno de la ciudad: Los turcos sirios y los fatimíes de Egipto. Y por otra, a la ayuda proporcionada por líderes árabes que también veían los beneficios de apoyar a los cruzados (ya que también querían echar a los turcos de sus tierras).
La cruda realidad era que Jerusalén había cambiado de manos varias veces en años anteriores (por no decir milenios).
Los relatos de lo que sucedió cuando los cruzados entraron en la ciudad, harían temblar al más valiente. Toda la población, incluidos mujeres y niños, tanto musulmanes como judíos o cristianos que vivían en el interior fueron asesinados. Se vertió tanta sangre que en algunos lugares llegaba a la altura de las rodillas y los cuerpos flotaban. Se quemaron templos con la gente aún dentro y a personas en hogueras que parecían pirámides. Se llevaron a cabo decapitaciones (el método más rápido y «piadoso» según la época), desmembramientos, y toda clase de brutalidades habituales en una guerra medieval.  El hedor era insoportable.

Se sabe por los documentos escritos, que muchos de los cruzados no aprobaban lo que estaba ocurriendo y trataron de esconder a algunos civiles, pero muy pocos lograron escapar de la furia ciega y el descontrol que dominaba a otros de sus compañeros. Después de un viaje tan largo y lleno de penalidades, muchos guerreros se habían vuelto locos y ya no atendían a razones ni a juramentos.
Tras la muerte de Godofredo, que había aceptado el gobierno de Jerusalén, su hermano Balduino ocupó rápidamente su puesto como rey.
Esta, sin embargo, fue la única cruzada que se libró con éxito. Las siguientes serían cada vez menos efectivas y alguna tan ridícula que no mereció apenas el nombre de cruzada.
Después de acciones de esta clase, no resulta sorprendente que en Europa se alegraran de librarse de semejantes individuos. Personas con nombres y apellidos, que hicieron daño tanto a propios como a ajenos, sin preocuparse jamás por el bien común o los ideales morales y religiosos. Igual que los yihadistas actuales, nunca amaron ni a su prójimo, ni a nadie. La religión fue solo la excusa que necesitaban para cometer sus crímenes, su poder y dinero la razón por la que los llamaron héroes. Sus seguidores, un grupo de oportunistas y muertos de hambre que se dejaron manipular o seducir por la promesa de riqueza o el perdón de los pecados. Y aun así no eran peores que sus enemigos.

Sus oponentes musulmanes no eran mejores que ellos, como a muchos les ha dado por decir en las redes sociales últimamente. Invadieron, saquearon y masacraron tanto a cristianos como otros seguidores del islam, con la misma fiereza que un cruzado. Los caballeros cristianos dijeron que «Eran tan hábiles en la batalla, que de haber sido cristianos, habrían sido iguales a ellos.». El imperio otomano tomaría Constantinopla, y avanzaría hasta Austria. No eran débiles, ni pobres, ni inocentes. La amenaza era real antes y lo es ahora.

Como apunte final me gustaría resaltar que no se puede culpar a la religión de las acciones de los hombres, igual que no se puede culpar a la gente que vive hoy en día de los crímenes de sus antepasados. Achacar los problemas del siglo XXI a lo sucedido en el siglo XI es propio de gente ignorante y vengativa que intenta justificar lo injustificable. Ahora los culpables también tienen nombres y apellidos.

La única guerra justa es la que implica la defensa de nuestros seres queridos, la libertad de pensamiento y la protección de un futuro digno como seres humanos. Pero esta clase de cosas no se consiguen solas. Y poner la otra mejilla no es la solución, porque es la única que nos queda.

2 comentarios:

  1. Si está claro que al final todo se hace por dinero: las cruzadas, madrugar... todo. ¡Buen artículo! describes muy bien la situación de la época y quizá quien te lea tome algo de consciencia sobre las guerras religiosas de postín.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. ¡Hola Holden! Este es un tema bastante más complejo de lo que parece, pero luchar un poco contra las ideas erróneas que se han puesto de moda en televisión, nunca está de más. ¡Gracias por leer!

      Eliminar