sábado, 9 de abril de 2016

Dioses, reyes y semidioses (2ª Parte)


DIOSES, REYES Y SEMIDIOSES
 (SEGUNDA PARTE)


File:CRANE King Arthur asks the lady of the lake for the sword Excalibur.jpg

«El único dios es la Muerte»
Palabras de Sirio Forel, Juego de Tronos.

Retomando el tema de la entrada anterior, hoy empezaré por los reyes y emperadores locos. Aquellos que en su estado de delirio, ya fuera por causa de enfermedad o simple megalomanía, llegaron a creerse dioses vivientes. Aunque la lista es larga, hablaré de los casos más sonados, por considerarlos más interesantes.


Algunos son más bien anecdóticos. El rey Jerjes I, en la Segunda Guerra Médica, castigó al mar y lo «marcó con un hierro», porque una tempestad había tumbado su puente de barcos del Dardanelo. Como todo monarca persa, tenía que demostrar que estaba cerca de convertirse en una divinidad y quería quedar por encima del mar. De todas formas, la sola idea de construir un puente con barcos ya evidenciaba el hecho de que estaba más loco que una cabra en patines.

A parte de este individuo, es posible que el personaje más megalómano de la historia y también el mayor conquistador, todo hay que decirlo, sea Alejandro Magno, rey de Macedonia. Desde pequeño su madre le había llenado la cabeza de ideas poco saludables. Entre ellas, le dijo que su verdadero padre no era Filipo de Macedonia, sino el dios Zeus (Amón-Ra, en realidad) encarnado en la figura de un mago egipcio llamado Nectanebo, con el que tuvo una aventura. El resultado de esto fue que 
Alejandro, debido a su brillante y precoz desempeño en actividades bélicas y políticas, empezó a creer que de verdad era hijo de un dios. Si lo era o no, nadie lo sabe, pero sus hazañas hablan por sí solas. Durante los años posteriores a su muerte, muchos desearon emular al gran Alejandro sin éxito. ¿Estaba loco? Tampoco es fácil de precisar. Cuesta creer que alguien con unas capacidades tan elevadas fuera un demente, pero hay un rasgo físico que causa ciertas dudas sobre su equilibrio mental. Tenía policromía: un ojo gris y un ojo marrón. Esta puede ser una característica de nacimiento (en cuyo caso no sería una cuestión alarmante), pero también puede ser producida por un traumatismo craneal. 
NAMABG-Caligula 1.JPGOtro caso, esta vez bastante más macabro fue el del emperador Calígula. Sus problemas se iniciaron muy pronto. Pese a tener unos padres tan perfectos que parecían sacados de un catálogo,  el pequeño «botita» no heredó las mismas habilidades. 
Cuando tenía dos años y estaba en el campamento romano, un caballo le propinó una coz en la cabeza. Nadie le dio mayor importancia al suceso, pero parece que ese accidente marcó de por vida la actitud del futuro emperador. Sufría cefaleas cada vez más graves y un día…se transformó en dios. Hay varias teorías sobre si realmente estaba actuando y si no estaba tan loco como aparentaba. Hablaré en otra entrada solo de Calígula y analizaré estas dudas sobre su comportamiento. Lo que sí se puede decir de él era que sabía disimular cuando le interesaba, y que el miedo a ser asesinado lo convirtió en un monstruo. Sabía que vivía en un nido de víboras y puede que exagerase sus accesos de locura porque se sentía más seguro. Sea como fuere, protagonizó escenas brutales y nadie olvidaría el nombre de Calígula, ni si quiera tras la Damnatio Memoriae.

Canuto II fue un rey vikingo que también hizo de las suyas. Aunque en su caso no queda muy claro si estaba loco, o si solo deseaba darles una lección a sus compatriotas.
File:Cnut.jpgHabía mandado construir un campamento a orillas del mar, y llegado el momento, le ordenó a las olas que se retiraran. Al final el agua arrasó el campamento.
Hay quienes dicen que su intención era demostrar que nadie podía equipararse a las fuerzas de la naturaleza, o por ende, a los dioses. En ese caso habría que otorgarle cierto reconocimiento.

Asimismo, hubo otros dirigentes que de una forma o de otra descubrieron que aparentar ser dioses les ayudaría a mantener su posición. Y no mentiría si dijera que a algunos les iba la vida en ello. Si no, que se lo digan al rey  Chen, que vivió allá por el siglo XIV en el reino de Benín. Según el libro Los secretos de las Mil y una Noches, en ese lugar tenían por costumbre deponer al rey si resultaba incapacitado por las causas que fueran y escoger a otro. Debido a un ataque de parálisis, el rey Chen no tuvo más remedio que recurrir a su ingenio para no ser depuesto o peor aún, asesinado. De manera que se cubrió las piernas con escamas y le contó a todo el mundo que se trataba de una transformación divina. Prueba de esto lo constituyen los llamados Bronces de Benín, piezas que en su mayoría están expuestas en el Museo Británico.

En otros lugares, como Egipto, estaba aceptada socialmente la idea de que los faraones eran dioses vivientes y los romanos también deificaron a sus emperadores. Los súbditos se lo tomaban como una parte más de la vida política y no tanto como una cuestión de creencias. Igual que la sacrosanctitas tribunicia (la inviolabilidad de la persona) que impedía a la gente tocar a los magistrados plebeyos, que se trataba de una ley y no de una superstición. Una ley que tenía como objetivo alejar a altos cargos de la violencia de la población civil. De alguna forma se parecía a la orden de alejamiento actual.
La violación más famosa de esta ley fue sin duda la sufrida por Julio César. Su mujer, Calpurnia, no era una mujer supersticiosa, pero tuvo una pesadilla en la que asesinaban a su marido. Él quiso quedarse en casa al conocer la noticia, pero fue convencido por Bruto para que fuera a la cámara del Senado. Allí fue apuñalado repetidas veces y, a pesar de ser un presunto descendiente de la diosa Venus y gozar de la sacrosanctitas, murió de forma trágica.

Unos siglos más tarde, en la Edad Media, un personaje llamado Isidoro de Sevilla dio un paso más en este campo. Debido a su elevado estatus eclesiástico, sus obras gozaron de gran difusión. Y su teoría más famosa quizá sea la del origen divino del poder de los monarcas. Esta idea tenía la función de unificar a las facciones que se disputaban el poder (los visigodos tenían ciertos problemas de «comprensión mutua» por decirlo de forma fina), por lo que la necesidad de una monarquía fuerte y hereditaria era de importancia capital. Y parece que esa idea surtió el efecto deseado. A partir de entonces los reyes tenían derecho a gobernar porque era deseo de Dios y la Iglesia le debía lealtad, aunque mantuviera su independencia. Esto, sin embargo, se convirtió a veces en un motivo más de disputa entre los reyes y el papado. Ahora no solo los Papas eran capaces de obrar milagros por mediación divina, sino que los reyes también eran capaces de sanar a los enfermos mediante la imposición de manos.  Y aunque los resultados no solían ser los esperados (los monarcas no habían recibido ninguna iniciación de Reiki), la idea pervivió durante años.

Pero no solo las ideas perduran. También lo hacen los objetos divinos. Objetos que pertenecieron a reyes o a sacerdotes de alto rango y que contenían parte de la esencia de Dios. Entre ellos destacan principalmente los siguientes: El Anillo del rey Salomón, el Arca de la Alianza, el báculo de Moisés, el Grial, y la espada Excálibur. En la mitología clásica se habla de más objetos sagrados, pero se cree que son los anteriores los únicos que existieron de verdad. Y sobre el Santo Grial existen dudas, por tratarse de una leyenda medieval.
El más interesante es sin duda el Anillo del rey Salomón. Esta joya ha traído cola a lo largo de los siglos…probablemente sea el objeto más codiciado de la historia. Dicho esto, muchos os preguntaréis ¿y qué la hace tan especial? Bien, pues según la leyenda, fue el arcángel Miguel quien le entregó el anillo a Salomón. El anillo reunía la fuerza de los cinco elementos, así como una serie de símbolos y palabras que le conferían un elevado poder alquímico. Y no solo eso…además, permitía a su portador controlar a los demonios.
Sus peculiares características convertían a este anillo en un objeto más que deseable para todos aquellos que soñaban con dominar las fuerzas naturales y controlar a los seres que están entre este mundo y el otro.
En la actualidad es el símbolo de protección más poderoso a nivel esotérico, como vestigio material de lo que fue una vez.
Otro objeto bastante misterioso, es el Arca de la Alianza. Su semejanza con las Arcas egipcias era clara (lo que refuerza la teoría de que Moisés fue aceptado por los gobernantes Hicsos de Egipto en su círculo personal y trabajó para ellos en calidad de escriba). Pese a existir información en el Antiguo Testamento, y contar con el importante testimonio del historiador Flavio Josefo, las historias inventadas sobre el Arca han sido constantes. Quizá porque las originales estaban cargadas de un potente significado filosófico y muy pocos tenían los conocimientos necesarios para entenderlos. Hay que comprender el sincretismo entre las ideologías egipcia, griega e la israelita para aproximarse a este tema desde múltiples perspectivas. Un ejemplo claro de esto lo constituyen las Tablas de la Ley y sus diez mandamientos. El diez era el número más importante para los pitagóricos, (llamado Tetractys), que según ellos simbolizaba el plan cósmico, la llave de la Creación. Como ocurrió con las tablas, en el caso del Arca este significado filosófico-religioso hoy en día casi ha desaparecido. Los libros y las películas nos la presentan desde un punto de vista inverosímil y fantasioso (habrá que agradecérselo a Indiana Jones). Y lo poco que sabemos sobre ella no ayuda a cambiar esta visión tan fuera de lo común.

El Arca de la Alianza era un cofre que se utilizaba para guardar las tablas de la ley, y que al mismo tiempo servía como «estación de radio celestial». Solo el Sumo Sacerdote tenía derecho a entrar en la estancia del Templo donde guardaban el Arca para poder hablar con Dios.
Era un privilegiado. Quizás el hombre más privilegiado de la Tierra, porque ¿Quién no ha soñado con tener el número de teléfono del Altísimo para poder comentarle sus inquietudes? Desde luego este curioso cofre dejaría en evidencia a la mejor red de contactos profesionales.
El dato más interesante, no obstante, lo constituye su poder destructivo. De alguna manera el Arca parecía tener vida propia...y muy mala uva. Algo que los filisteos sufrieron en sus propias carnes (y en sus posaderas, dicho sea de paso) después de robársela a sus dueños. No solo hizo pedazos las estatuas de los dioses que tenía cerca, sino que también bendijo a los filisteos con un insoportable ataque de hemorroides. A los enemigos de los israelitas las cosas les salieron de culo y cuesta abajo y después de una racha de tremenda confusión en la ciudad, tuvieron que devolver el Arca a sus legítimos propietarios, con una ofrenda a modo de disculpa. De seguro se quitaron un gran peso de encima. Y esta es solo una de las numerosas anécdotas sobre el Arca de la Alianza.

Otro objeto de características similares es la vara o el báculo de Moisés.
En el Antiguo Testamento se relata como Dios entregó a Moisés un cayado capaz de obrar sus prodigios frente al Faraón, y así lograr más fácilmente la liberación de su pueblo.
En el idioma del Antiguo Egipto la palabra que utilizaban para designar a las varas o los báculos era casi la misma que utilizaban para la palabra «magia», salvo por una leve diferencia de pronunciación. Esto pone de manifiesto el significado simbólico del báculo de Moisés en el contexto egipcio. Los bastones de mando también tuvieron una gran relevancia como símbolos de poder, y siguieron siendo muy utilizados por las dinastías reales de distintos países.
Regresando al tema que nos ocupa. Por alguna razón que desconocemos, en un momento determinado en la Biblia deja de mencionarse el báculo. Puede ser que se rompiera, se perdiera, lo robaran, dejara de funcionar cunado murió Moisés o le fuera entregado a su sucesor. De cualquier manera, al ser un objeto de madera es poco probable que se haya conservado.

Para terminar con la entrada, hablaré un poco sobre la espada Excálibur. Es cierto que se ha hecho mundialmente famosa debido a las leyendas artúricas, pero en realidad la historia nos habla de una Excálibur muy diferente. Para empezar (y esto ya lo dije en la entrada sobre el Rey Arturo), la espada anclada en la piedra no era Excálibur, sino otra espada que Merlín había colocado allí muy acertadamente. Según la leyenda, la Dama del Lago entregó a Arturo la espada Excálibur, y gracias a ella consiguió unir bajo su mando a otros clanes britanos. Pero ¿existió de veras una espada con un significado simbólico tan potente que pudiera haber terminado con las disputas territoriales de Inglaterra? Parece que sí. Y no fue ni más ni menos que la Espada de Marte. La espada que perteneció a Julio César (o más bien, la que se llevó del Templo de Júpiter) y que según palabras de Geoffrey de Monmouth, este perdió en la batalla contra el príncipe Nennio en su intento conquistar Britania. Entre los locales se había extendido la leyenda de que quien encontrara esa espada se convertiría en rey de los britanos, pues se le atribuían poderes mágicos.

Otorgarle importancia a las espadas de los gobernantes (sí, sus otras espadas también eran ensalzadas) era algo común en los romances. Como ejemplos, podemos citar a la Tizona del Cid Campeador, la espada de Alejandro Magno, o Joyeuse (la espada de Carlomagno). Cabe la posibilidad de que alguna de ellas haya sobrevivido hasta nuestros días, pero, como todos los demás objetos mágicos o divinos, será mejor que permanezcan ocultos, por el bien de todos.

2 comentarios:

  1. hola! hermoso y espectacular es lo que se me ocurre como calificar tu magnifica e interesante reseña. un trabajo laborioso y dedicado. te felicito. saludos. da gusto ver algo tan interesante. gracias por compartir.

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    1. Hola!! Me ha costado lo mío, así que me alegro de que el resultado haya sido satisfactorio. Muchísimas gracias por leer! espero que la siguiente entrada te guste tanto como esta. ¡Un abrazo! ¡Nos leemos!

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