lunes, 11 de septiembre de 2017

Momias y Maldiciones: Realidad y Ficción



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En Egipto llamaban a las bibliotecas «el tesoro de los remedios del alma». En efecto, curábase en ellas de la ignorancia, la más peligrosa de las enfermedades y el origen de todas las demás.
Jacqes Benigne Bossuet
    

Las momias en el cine.

Tras el estreno en la gran pantalla de la última entrega de La Momia, me siento en la obligación de escribir una entrada informativa al respecto. No es ningún secreto que las momias, al igual que los zombis, han alcanzado una fama nada desdeñable entre el gran público. En el cine de terror ocupan el podio junto a vampiros, muertos vivientes, hombres lobo, demonios y fantasmas. Pero la realidad sobre las momias y las presuntas maldiciones que protegen sus tumbas es, si cabe, aún más interesante de lo que las películas dan a entender. No hace falta caer en el sensacionalismo para comprender la importancia que han tenido las prácticas de enterramiento de la antigüedad en nuestra forma de ver el mundo. El deseo de sobrevivir a la muerte es una obsesión constante para los seres humanos. Y si esa obsesión no podía ser satisfecha en nuestro mundo, debía por fuerza ser satisfecha en otro. El Más Allá, El Otro Mundo, el Cielo, el Paraíso, el Valhala…son los lugares escogidos como destinos para el transcurso de unas esperadas vacaciones eternas. 

Y a todos esos lugares se puede llegar si se siguen ciertas instrucciones tanto antes, como después de morir. O al menos esa es la teoría. A falta de un «GPS ultraterrenal», los antiguos tenían textos y costumbres que aseguraban un viaje sin más contratiempos de los necesarios.
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 Nadie quería que se perdieran las almas, pues podían convertirse en molestos fantasmas y expulsarlos no resultaba fácil.

 Por norma general, la gente pudiente procuraba invertir una buena suma de dinero en estos rituales funerarios y realizaban el trayecto en “primera clase”. Los pobres, en cambio, debían conformarse con destinos divinos de segundo nivel y viajaban en “clase turista”. Vamos, que los dioses se habían montado un negocio muy boyante con el tema este de la muerte y tenían franquicias por todo el globo.

¿Dónde se pueden encontrar momias?

Las más conocidas son las de Egipto, pero también se han encontrado momias en algunos lugares de China, Irlanda, Chile, Papúa Nueva Guinea, Italia o el Tíbet. En algunos casos la momificación ha sido un proceso intencionado en el que los responsables se sirvieron de distintos métodos para obtener el resultado esperado. En otros, el clima y el lugar donde la persona alcanzó su fin, se han aliado para provocar un proceso de momificación natural que ha mantenido el cuerpo en condiciones de conservación razonablemente buenas hasta nuestros días.

Sin duda, la momia más famosa es la de Tutankamón, no solo por el hallazgo en sí de su cuerpo o de la tumba con su contenido y el ajuar intactos, sino por la maldición que está relacionada con él.
Resultado de imagen de momias de brnoOtras momias muy llamativas son la apodada Dama de Hielo (en Perú), las momias de Brno, en República Checa, el hombre de la Edad de Hierro encontrado en una ciénaga de Bjældskovdal, en Dinamarca, y Otzi, el hombre de los Alpes Italianos que murió en torno al cuarto milenio a.C.
Regresando al Antiguo Egipto, hay aún muchos detalles curiosos que sitúan a sus momias en una posición privilegiada en comparación con las de otros lugares del mundo. En concreto hay dos aspectos que han alimentado la imaginación de la gente durante cientos de años: El célebre Libro de los Muertos y las maldiciones que protegen las tumbas de los faraones.

El interés de los egipcios por la magia es bien conocido. No era algo nuevo, pues en aquella época la magia estaba asociada también a la religión y se practicaba en muchos lugares del mundo. Pero por la cantidad de papiros hallados, el peso que tiene el estudio de la magia egipcia es muy considerable y ha dado lugar a estudios muy completos.

Creencias populares erróneas: ¿Qué es el libro de los muertos? ¿Qué se sabe sobre los hechizos egipcios? ¿Cómo se momificaba a los muertos? ¿Podía ser una persona momificada en vida, como sugieren las películas?

Resultado de imagen de libro de los muertos la momiaA pesar de la cantidad de información disponible, hay quienes insisten en no tocar ni un libro cuando se trata de ambientar una película y se centran en que quede vistosa, simplemente. Véase imagen del libro de los muertos de la saga de la Momia (a la derecha).

El germen del llamado Libro de los Muertos lo encontramos en los Textos de las Pirámides, información jeroglífica representada en las paredes de algunas tumbas. Estos textos aportan datos sobre la teología, la literatura, los ritos funerarios, algunos hechizos, o la configuración inicial del Más Allá durante el Imperio Antiguo. Estos hechizos «Para la Salida al Día» fueron sustituidos por los Textos de los Sarcófagos a finales del Imperio Antiguo. En esos nuevos textos ya no era solo la realeza quien podía ser embalsamada, sino también miembros de la nobleza y la administración. Los hechizos funerarios, no obstante, pueden estar también inscritos en las paredes de las tumbas, cofres canopos (sí, esas vasijas donde guardaban sus órganos), papiros etc.

El libro de «Los Dos Caminos» es una especie de mapa para llegar al Más Allá (los griegos para acceder a los Campos Elíseos del Hades se servían de las Laminillas Órficas). A este hechizo se añadió otro «Hechizo para No Morir una Segunda Muerte». Y en el Imperio Nuevo este compendio recibió el nombre del Libro de los Muertos, que en realidad no tiene la forma de un libro moderno (que se empezó a fabricar en el medievo), sino que es una recopilación de inscripciones de distintas épocas, de objetos, de papiros o de copias hechas por encargo. A estos se añadieron el Libro de Amduat (sobre el viaje de Ra a través de las doce divisiones del mundo subterráneo), la Letanía de Ra (con más información mitológica), el Libro de las Puertas (obstáculos, monstruos y temas diversos), el Libro de las Cavernas, el Libro de la Tierra o el Libro de los Cielos. Lo habitual era que estuvieran escritos en rollos de papiro, (el más largo de estos es el papiro de Ani, que mide 26 metros e incluye la llamada Oración del Ciego, de donde procede el rezo del Padre Nuestro cristiano) y como podéis ver, nada tiene que ver con la imagen popular. En realidad, cuando empiezas a leer estos textos, enseguida pierden el romanticismo; podrían matar a más de uno del aburrimiento. 

El procedimiento para momificar un cadáver era largo y tedioso.  De hecho, era un proceso que duraba unos 70 días, y constaba de diferentes etapas. Primero extraían el cerebro y los órganos, luego deshidrataban el cadáver mediante distintos productos, y por último le colocaban las vendas. Dependiendo de la posición social del individuo podían utilizar productos diferentes, amuletos e infinidad de detalles, hasta líquenes aromáticos.
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Era un proceso costoso, elaborado y delicado, por lo que momificar a alguien en vida no era una opción. El embalsamamiento era un privilegio, no un castigo. Si querían ajusticiar a alguien, había muchos métodos de ejecución que por supuesto, no incluían el viaje al Más Allá en primera clase. Uno de los mayores castigos era el suicidio obligado (algo que comparten muchas religiones). A veces introducían a una persona en un saco lleno de piedras y lo tiraban al río. Esto se siguió haciendo en varios sitios, pues era un método muy barato.

Maldiciones y ladrones de tumbas.

Hoy la gente se desahoga criticando a otros a través de las redes sociales. En la Antigüedad el deporte nacional era el mismo, pero lo canalizaban de otras formas. Es ahí donde entran en juego las maldiciones. Incluso las personas de bajo estatus solían recurrir a la magia negra para hundir los negocios de sus compatriotas, romper relaciones sentimentales, provocar infertilidad, enfermedades o desgracias. Estas prácticas estaban a la orden del día en casi todos los lugares del mundo. En Grecia podían escribirlas en tablillas de plomo que luego enterraban bajo tierra. Cualquier lugar ligado al inframundo servía para canalizar los malos deseos. En Asia, destaca en concreto la maldición del mausoleo de Qin Shi Huang, primer emperador de la China Unificada. No solo fue quien ordenó construir los famosos guerreros de terracota sino que, para no dejar cabos sueltos, hizo verter ríos de mercurio dentro de su hogar de descanso eterno para que los saqueadores murieran intoxicados. Genio y figura, hasta la sepultara. Los agricultores implicados en el descubrimiento perdieron sus tierras, y se suicidaron o murieron a causa de alguna enfermedad. 

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En Escandinavia creían que los «draugr» protegían las tumbas y los ajuares de los difuntos. Estos seres eran una especie de espectros o no-muertos, con grandes poderes. Se dice que podían cambiar de tamaño a voluntad, predecir el futuro o controlar el clima. También hacían gala de una fuerza portentosa, eran capaces de transformarse en humo para desplazarse rápidamente, y podían devorar a sus víctimas, inducir a la locura a humanos y animales, diezmar el ganado, provocar enfermedades o entrar en la mente de alguien para atormentarlo. Al igual que los vampiros, podían convertir a sus víctimas en draugr también, si lo deseaban.

En Asiria (Mesopotamia) quizás la maldición más interesante sea la de la tumba de la reina Yaba, situada en el palacio noroccidental de Nimrud. No murió nadie directamente, pero está claro que la zona ha permanecido en conflicto durante muchísimo tiempo y el sufrimiento de sus habitantes no parecen tener fin. 
Resultado de imagen de reina yaba tumbaEn Egipto la maldición de la tumba de Tutankamón tuvo un eco mediático sin precedentes. Al igual que los chinos, los egipcios también tenían acceso a conocimientos específicos que convertían sus maldiciones en algo más que palabras malintencionadas. Si la gente común se contentaba con la versión de calle de estas prácticas, los entendidos en la materia recurrían a métodos casi científicos para proteger los nichos de los faraones. Existen sospechas de que se sirvieron de moho tóxico y algunas bacterias para provocar la muerte de aquellos que osaran internarse en los lugares de enterramiento de sus reyes. Sin embargo, esto no desalentó a los ladrones. Algunos murieron, otros no. 
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Y los profanadores de la antigüedad también eran auténticos especialistas. De hecho, y a pesar de las dificultades técnicas, algunos de estos hombres perpetraron golpes que nada tienen que envidiar al asalto al tren de Glasgow.  Militares, funcionarios y ladrones se aliaban para desvalijar cuanta tumba repleta de riquezas se les ponía por delante. La pena para aquellos que eran atrapados in fraganti era la muerte, pero el riesgo merecía la pena. Y los fenicios, que eran los comerciantes por excelencia, no dudaron en distribuir esos materiales tan valiosos por todo el mediterráneo.
Y para despedirme, os dejo un fragmento del Libro de los Muertos.

¡Salve, oh Osiris, Toro del Amenti!
¡He aquí que Thoth, príncipe de la eternidad,
Habla por mi boca!
Ciertamente soy el gran Dios
que acompaña la barca celeste en su navegación
Vengo ahora  para luchar junto a ti ¡Oh Osiris!
Porque soy una de esas antiguas divinidades

Que hacen triunfar a Osiris frente a sus enemigos.

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